El "por fin" que nadie debería tener que celebrar: el angiógrafo del IPS y la épica silenciosa de los enfermos cardíacos del Paraguay
Cuando el presidente del Instituto de Previsión Social, Isaías Fretes, exclamó "¡Por fin nuestro angiógrafo ya está funcionando!", lo que resonó no fue un triunfo de la gestión pública sino el eco de miles de pacientes que esperaron demasiado. Esa frase —breve, exultante, cargada de alivio— condensa una herida cultural profunda: la de un país acostumbrado a festejar lo que debería ser garantía, no excepción.
Hay dos palabras en esa declaración que lo dicen todo: por fin. No "ya funciona". No "está operativo". Por fin. En esa locución viven los meses — acaso años — de pacientes derivados a clínicas privadas que no podían costear, de familias que vendieron motos y terrenos para pagar cateterismos fuera del sistema, de médicos cardiólogos que atendían con las manos atadas. El angiógrafo del IPS no es simplemente un equipo de hemodinamia: es el espejo de una relación rota entre el Estado paraguayo y su gente, y la promesa frágil de que algo, esta vez, puede cambiar.
El Instituto de Previsión Social es, en teoría, el pilar de protección social de los trabajadores formales del Paraguay. Con una masa de aportantes activos que sostiene décadas de aportes obligatorios, su hospital central en Asunción debería ser una referencia regional en atención cardiovascular. Sin embargo, la ausencia operativa de un angiógrafo propio obligaba a que los pacientes con enfermedades coronarias graves —infartos, anginas inestables, estenosis severas— fueran derivados al sector privado o simplemente se quedaran sin el procedimiento. En un país donde la cardiopatía isquémica figura entre las principales causas de muerte, eso no es una falla técnica: es una condena silenciosa.
"¡Por fin nuestro angiógrafo ya está funcionando!" — Isaías Fretes, presidente del IPS.
La frase de Fretes tiene la textura del testimonio más que del comunicado institucional. Y en eso reside su valor periodístico: en su honestidad involuntaria. Un funcionario que dice por fin está reconociendo, sin querer, que hubo un antes oscuro. Que el equipo estuvo inactivo — por roturas, por falta de repuestos, por burocracia de importación, por la acumulación de negligencias que caracteriza a la gestión pública latinoamericana cuando los pobres no tienen con qué presionar. No sabemos exactamente cuánto tiempo el angiógrafo estuvo fuera de servicio, pero el por fin nos dice que fue demasiado.
Detrás de cada angiógrafo hay una narrativa humana que el boletín de prensa nunca cuenta. Está Doña Cristina, trabajadora doméstica registrada en el IPS desde hace veinte años, que le dijeron que su marido necesitaba un cateterismo urgente y que el equipo "no estaba disponible". Está el joven albañil de Capiatá al que su médico le explicó, con vergüenza profesional, que debía conseguir una suma que su salario nunca alcanzaría para hacerlo en una clínica privada. Están los que no pudieron conseguirla. Esos rostros no aparecen en las fotos del acto de inauguración, pero son los verdaderos protagonistas de esta noticia.
Hay una sensación particular que conoce bien quien ha esperado en los pasillos del IPS con un familiar enfermo: una mezcla de gratitud desesperada y rabia contenida. La gratitud de tener aunque sea esto, aunque sea aquí, aunque sea hoy. La rabia de saber que el sistema debería haber respondido mucho antes, que los años de aporte no deberían terminar en derivaciones imposibles ni en formularios sin respuesta. Es esa tensión —entre el alivio y la indignación— la que vive en el "por fin" de Fretes. Y es la misma tensión que habita en cada asegurado paraguayo que escuchó la noticia y, por un segundo, sintió algo parecido a la esperanza, seguido inmediatamente de la duda: ¿cuánto durará esta vez?
Desde la perspectiva cultural, el por fin de Fretes se inscribe en una tradición paraguaya muy particular: la celebración de lo mínimo como si fuera lo extraordinario. Es la misma lógica que hace que se inaugure con discurso y banda de música una sala de espera remozada, o que se viralice en redes la foto de una ambulancia nueva como si fuera la primera. No es cinismo popular; es una forma de resiliencia deformada por décadas de promesas incumplidas. La gente aprendió a no esperar mucho, y cuando algo llega — aunque sea tarde, aunque sea lo que ya debería existir — lo recibe con alivio genuino. Ese alivio es comprensible. Pero no debería ser necesario.
El angiógrafo del IPS ya funciona. Eso es real, y es bueno. Pero el verdadero desafío periodístico y ciudadano es no dejar que ese por fin tape la pregunta más incómoda: ¿por qué tardó tanto? La hemodinamia no es un lujo. Es el estándar básico de atención para quien aporta toda su vida laboral a una institución que existe, precisamente, para protegerlo en su momento más vulnerable. Celebrar el angiógrafo está bien. Pero exigir que nunca más haya un "por fin" en la salud pública paraguaya es, quizás, la tarea más urgente que le queda a la sociedad civil, al periodismo, y a los propios funcionarios que hoy sonríen en la foto.
- Declaración pública de Isaías Fretes, presidente del IPS Paraguay (junio de 2026): "¡Por fin nuestro angiógrafo ya está funcionando!"
- Conocimiento médico general sobre procedimientos de hemodinamia y angiografía coronaria